miércoles, 18 de abril de 2012

Hay tres clases de ayuda


Ayudar a otros físicamente aliviando sus necesidades físicas es, ciertamente, grande; pero la ayuda es mayor cuando la necesidad es más grande y duradera la ayuda. Si las necesidades de un hombre se pueden aliviar por una hora, el hacerlo es, en verdad, ayudarle; si le pueden ser solventadas por un año, la ayuda será mejor; pero si se le eliminaran para siempre, ésta sería, seguramente, la más grande ayuda que podría prestársele.

El conocimiento espiritual es la única cosa que puede destruir nuestras miserias para siempre; cualquier otro conocimiento sólo satisface las necesidades por cierto tiempo. El conocimiento del espíritu es el único que destruye para siempre la condición de necesitado; así, la ayuda espiritual es la más elevada ayuda que puede brindarse al hombre; aquel que da conocimiento espiritual es el más grande benefactor de la humanidad y como tal vemos que los hombres más poderosos son aquellos que han ayudado al hombre en sus necesidades espirituales; porque la espiritualidad es la verdadera base de todas nuestras actividades en la vida. Un hombre sano y fuerte espiritualmente, será fuerte en todo otro aspecto, si así lo desea; mientras no haya fortaleza espiritual en el hombre ni siquiera las necesidades  físicas podrán ser bien satisfechas.


Después de la ayuda espiritual viene la intelectual; el dar conocimiento es mucho más elevado que dar alimento y vestido; es aún más grande que dar la vida a un hombre, porque la vida real de éste consiste en el conocimiento; la ignorancia es muerte, el conocimiento, vida. La vida es de muy poco valor si transcurre en la oscuridad, marchando a tientas entre la ignorancia y la desdicha. Sigue en orden, naturalmente, la ayuda física. Por lo tanto, al considerar la cuestión de ayudar a los demás, debemos tratar siempre de no cometer el error de creer que la ayuda física es la única que puede brindarse; no sólo es la última sino la menor, pues no puede producir satisfacción permanente. El malestar que siento cuando tengo hambre, lo satisfago comiendo, pero el hambre vuelve; mi sufrimiento sólo acaba cuando está satisfecho más allá de toda necesidad. Entonces, el hambre no me hará desdichado; ningún sufrimiento ni pena podrá conmoverme. Así es que, la ayuda que tiende a hacernos espiritualmente fuertes es la más elevada, luego sigue la intelectual y después la física.

Karma Yoga - Swami Vivekananda

viernes, 13 de abril de 2012

Deber y servicio


¿Hay alguna norma general del deber?

Al estudiar las leyes éticas de diferentes países, observamos que no puede haber una norma universal objetiva; pero sí hay un principio subjetivo que respalda los códigos morales de todas las naciones.

El aspecto externo del deber varía de acuerdo con nuestra posición en la vida y nunca puede ser definido por una serie de reglas fijas. Lo que puede ser un deber en una situación determinada puede no serlo bajo otras circunstancias.
Todo deber objetivo está determinado por la relación del hombre con su medio ambiente externo y necesariamente le concierne únicamente al hombre mismo y a su carácter.
No tiene relación con su acción sino con su motivo; con un principio y no con su aplicación. Por lo tanto debe ser una ley abstracta común a toda la humanidad. Resumiendo, “Aquello que hace olvidar a un hombre su propio pequeño yo por el bien de los demás y lo conduce hacia su Ideal, es su más elevado deber.”

No es posible, sin embargo, alcanzar este ideal abstracto subjetivo sin seguir primeramente el sendero de los deberes externos inmediatos. Debemos comenzar por cumplir las obligaciones que están más próximas a nosotros. Primero debemos cumplir con nuestro deber hacia la familia, la comunidad, el propio país; luego a medida que nuestro corazón se expande en comprensión y simpatía nos volvemos gradualmente aptos para hacer nuestra parte de bien a todos los seres vivientes.
Pero no podemos realizar este gran ideal y emprender las tareas más importantes de la vida hasta no haber demostrado nuestra capacidad para realizar hábilmente las pequeñas que tenemos a mano. Y por más insignificantes o desagradables que éstas puedan parecer, son las únicas designadas para cada uno de nosotros. 
Dice el Bhagavad Guita: “Es mejor cumplir el propio deber aunque desprovisto de mérito que el deber de otro bien realizado. Es mejor morir siguiendo nuestro propio deber; el deber de otros está lleno de peligros.” 
¿Por qué? Porque nada puede ser logrado emprendiendo el deber ajeno.

No debemos olvidar que el propósito de la vida es evolución. Todas las condiciones y obligaciones del presente son el resultado de nuestras propias acciones pasadas; y solamente cuando las enfrentamos con inteligencia podemos alcanzar condiciones superiores y confiársenos mayores responsabilidades.

En nuestra actual posición debemos demostrar ser merecedores y entonces cosas más importantes nos serán encomendadas.
Podemos imaginar que haríamos mejor otra tarea que no es la nuestra, pero llegado el momento descubriríamos que no estamos capacitados para ello.

En las etapas preliminares del desarrollo espiritual debemos seguir fielmente el sendero del deber prescripto por nuestra vida y condiciones; luego nuestra naturaleza se expandirá en tal medida que todo sentimiento de obligación y apremio dejará de existir y toda tarea nos parecerá un privilegio. 
Cuando en todos nuestros trabajos actuemos por amor y no por un sentido de obligación, el deber se transforma en servicio y lo realizamos espontáneamente por la dicha que hallamos en hacerlo. A menudo el sentido del deber entraña limitación porque surge de un sentido de obligación; pero en el servicio damos libremente. Aquí no hay cálculo ni el menor pensamiento de coerción.

El espíritu de verdadero servicio, sin embargo, no surge en el corazón desprovisto de abnegación y desapego. Si queremos hacer algo por los demás debemos estar dispuestos a olvidar nuestro pequeño yo, nuestra comodidad física, nuestra felicidad personal. Sólo cuando nuestras acciones no se basan en sus resultados sino en el principio del trabajo y en el amor, aprendemos realmente a ayudar a otros.

Un meritorio amante de la humanidad es como una flor que da su perfume sea que la coloquemos sobre nuestra cabeza o le pongamos el pie encima. Su naturaleza es dar sin ninguna consideración por su ganancia o pérdida personal.

El secreto de la verdadera actividad
Swami Paramananda

jueves, 12 de abril de 2012

Tenemos derecho al trabajo pero no a sus frutos


Ni aún las formas más bajas de actuar han de ser menos despreciadas. Dejen que el hombre que no conoce nada mejor trabaje por fines egoístas, por nombre y fama; pero todos deben tratar siempre de alcanzar móviles cada vez más elevados y de comprenderlo.


“Tenemos derecho al trabajo pero no a sus frutos”
(Bhagavad Guita)


Dejen aparte los frutos. ¿Por qué preocuparse por los resultados? Si desean ayudar a un hombre, nunca piensen cual será la actitud de él hacia ustedes. Si quieren hacer una obra grande o buena, no se inquieten en pensar cuál será el resultado.



                      Karma Yoga
Swami Vivekananda

viernes, 6 de abril de 2012

Soy su Madre


Canto Devocional: 
Compuesto por un monje de la Orden Ramakrishna
Canta: Eduardo Tumbarino

Buddha, el karma-yogui perfecto



Permítanme que les diga, algunas palabras acerca de un hombre que verdaderamente llevó a la práctica estas enseñanzas del karma-yoga. Ese hombre fue Buddha.

Es el único hombre que las puso en práctica de un modo perfecto. Todos los profetas del mundo, excepto Buddha, tuvieron motivos externos que los impulsaron a la acción inegoísta. 

Los profetas del mundo, con esta sola excepción, se pueden dividir en dos grupos: uno, que sostiene que ellos son encarnaciones de Dios venidos a la tierra y, otro, que sólo sostienen ser mensajeros de Dios; ambos, sacan su impulso para la obra, del exterior, esperando recompensa de afuera, por más elevado que sea el lenguaje espiritual que ellos emplean. 

Pero Buddha es el único profeta que dijo: “No me interesa conocer vuestras diversas teorías acerca de Dios. ¿De qué sirve el discutir todas las sutiles doctrinas acerca del alma? Haced el bien y sed buenos. Y esto os llevará a la libertad y a toda verdad que haya”. 
Su vida y su conducta estaban absolutamente desprovistas de móviles personales; y sin embargo, ¿quién actuó más que él? 

Muestrenme en la historia un carácter que se haya cernido tal alto, sobre todos los demás. La raza humana toda no ha producido sino un solo carácter así, de tan elevada filosofía y de una inmensa simpatía hacia todos los seres y las cosas. 

Este gran filósofo, que predicó la filosofía más elevada, tenía, sin embargo, la más profunda simpatía hasta por el más insignificante de los animales, y nunca reclamó nada para sí mismo. 

Él es el karma-yogui ideal, llevando a cabo su obra sin motivo ulterior alguno, y la historia de la humanidad nos lo muestra como el más grande de los que jamás hayan nacido; fuera de toda comparación vemos la combinación más grande de corazón y cerebro que haya existido; el poder del alma más grande que jamás haya sido manifestado. Es el primer gran reformador que el mundo ha visto. 
Fue el primero que se atrevió a decir: “Creed no porque existan algunos antiguos manuscritos; creed, no porque sea la creencia de vuestro país, o porque se os haya hecho creer desde vuestra infancia; discurrid y razonadlo todo antes, y di después que lo hayáis analizado, véis que hará bien a alguien y a todos, creedlo, vividlo, practicadlo y ayudad a los demás para que lo hagan suyo propio”. Lo hace mejor quien actúa sin ningún motivo: ni por dinero, ni por fama, ni por ninguna otra cosa; y cuando un hombre puede hacer esto, será un Buddha y de él surgirá el poder de actuar de tal manera como para transformar el mundo. Un hombre así representa el más elevado ideal del karma-yoga.

Karma Yoga - Swami Vivekananda

Poema


¡Señor, hazme Tu humilde servidor!
¡Señor, hazme Tu humilde servidor!
un sirviente insignificante.
¡Señor, hazme Tu humilde servidor!
Tú me diste refugio ¡Maestro!
por Tu propia misericordia.
Ahora sálvame Amo ¡todo bondadoso!
de mis errores y apatía.
¡Señor, hazme Tu humilde servidor!
¡Que pueda cantar Tus glorias
desde el fondo de mi corazón!
¡Que despierte en mi interior, Thakur,
el espíritu de devoción!
¡Señor, hazme Tu humilde servidor!

Por Swap, Monje de la Orden Ramakrishna