El grano de mostaza

Un opulento mercader afligióse tan hondamente al ver un día que todas sus monedas y barras de oro se habían convertido de la noche a la mañana en carbón, que se metió en la cama sin querer probar alimento, pues prefería la muerte a la indigencia.

Enterado un amigo de que estaba enfermo, fué a visitarle he hizo que le relatara la causa de su pena y una vez oída, le dijo el amigo:
- Se te ha convertido el oro en carbón porque no empleaste bien tus riquezas. El oro avaramente amontonado no valía más que el carbón. Pero escucha un consejo. Extiende tus tapices en el bazar, pon encima el carbón y véndelo.

El mercader siguió el consejo de su amigo, y cuando los vecinos le preguntaban que por qué vendía carbón, respondía:
- Es lo único que poseo.

Tiempo después, una joven huérfana y pobre, llamada Krishna Gotami, pasó por el bazar del mercader, y le preguntó:
- Señor mío; ¿también vendes esos montones de oro?

El mercader repuso:
- ¿De qué oro hablás? ¿Dónde está?

Krishna Gotami tomó unos cuantos pedazos de carbón que a la vista del mercader se transmutaron en oro.

El mercader infirió de ello que Krisha Gotami poseía clarividencia mental, y la casó con su hijo, diciendo entre sí: "Para muchas gentes no vale el oro más que el carbón; mas Krishna Gotami transmuta el carbón en oro".

Krisha Gotami tuvo un hijo y se le murió. Transida de dolor iba con el hijo muerto de casa en casa pidiendo un remedio, y las gentes decían: "Se le ha trastornado el juicio. El niño está muerto".

Al fin Krishna Gotami encontró un campesino que respondió a su súplica diciendo:
- No puedo darte un remedio para el niño; pero sé de un médico capáz de dártelo.
Y krishna Gotami repuso:
- Te conjuro a que me digas quién es.
El campesino respondió:
- Ve a ver al Buda.
Krishna Gotami fué a ver al señor Buda y exclamó llorando:
- Señor mío y Maestro: Mi hijo, jugueteando entre las flores, tropezó con una serpiente que se le enroscó en la muñeca. Muy luego palideció silencioso.
No podía yo figurarme por qué dejaba de jugar ni por qué se desprendían sus labios de mi seno.

Señor mío y Maestro, dame el remedio que cure a mi hijo.
El Señor Buda le respondió:
- Sí, hermanita, hay una cosa que desde luego podría curar al niño y también a ti si logras encontrarla, porque los que consultan con los médicos, toman lo que les recetan. 

Así, pues, busca una tola de semilla de mostaza negra, pero te la han de dar en una casa donde nunca haya entrado la muerte, donde no haya muerto ni padre ni madre ni hijo ni hija ni hermano ni hermana ni esclavo ni pariente.

La afligida Krishna Gotami fué de casa en casa pidiendo el grano de mostaza. Las gentes se compadecían de ella y se lo daban, pero cuando ella preguntaba se había muerto alguien en aquella casa le respondían:
- ¡Ay! pocos son los vivos y muchos los muertos. 
No despiertes nuestro dolor.
Entonces, dándoles las gracias, les devolvía la mostaza y se iba, dirigiéndose a otros que le decían:
- Aquí está la semilla; pero se ha muerto nuestro esclavo.
- Aquí está la semilla; pero el sembrador murió entre la estación lluviosa y la cosecha.
Y no encontró casa donde no hubiese muerto alguien.

Volvió Kkrishna Gotami quejosa al señor Buda diciéndole:
- ¡Ah! Señor, no pude encontrar mostaza en casa donde nadie hubiera muerto. Así es que cabe las vides silvestres, a orillas del río, dejé a mi hijo que no quería mamar ni sonreír, y he aquí que vuelvo a verte el rostro, a besarte los pies, a suplicarte que me digas dónde encontrar esta semilla sin encontrar al mismo tiempo la muerte, por si a pesar de todo  no ha muerto mi hijo como me lo dijeron y como temo.

El Maestro respondió:
- Hermana mía, buscando lo que nadie puede encontrar, hallaste el amargo bálsamo que quería darte.

Sobre tu seno durmió ayer el sueño de la muerte el ser que amas. Ahora, ya sabes que el ancho mundo llora un dolor semejante al tuyo. El sufrimiento que aflige a todos los corazones es menos pesado para uno solo.

¡Escucha! Derramaría yo mi sangre si al derramarla pudiera detener tus lágrimas y descubrir el secreto de que el amor cause angustia y que a través de floridas praderas conduzca al sacrificio como conducen sus amos a estas bestias mudas.

Ningún nacido puede evitar la muerte. Así como los frutos maduros caen del árbol, así los mortales están expuestos desde que nacen a la muerte. La vida corporal del hombre acaba por romperse como vasija de alfarero. Jóvenes y adultos, necios y sabios, todos están sujetos a la muerte.

Pero no se conturba el sabio que conoce la ley, porque ni por el llanto ni por el desconsuelo se logra la paz del ánimo, sino que por el contrario se avivan el dolor y los sufrimientos del cuerpo. La muerte no hace caso de lamentos.

Muere el hombre y su destino está determinado por sus acciones. Que viva un hombre diez o cien años acabará por separarse de la compañía de sus parientes al salir de este mundo.

Quien anhela la paz del ánimo ha de arrancar de su herida la flecha del disgusto, la queja y la lamentación.

Bendito será quien venza el dolor.
Sepulta tú a tu hijo.

Extenuada por el dolor sentóse Krishna Gotami al borde del camino, y puesta a meditar en el silencio del atardecer, se dijo:
- ¡Cuán egoísta soy en mi dolor! La muerte es el común destino de todo cuanto vive. Pero en este desolado valle hay un camino que conduce a la inmortalidad al que elimina de sí todo egoísmo.
Y sofocado el egoísta amor que sentía por su hijo, lo enterró en el bosque, y luego fué a refugiarse en el Señor Buda y halló consuelo en el Dharma que alivia el corazón lacerado por el dolor.
El Evangelio de Buda







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