viernes, 13 de abril de 2012

Deber y servicio


¿Hay alguna norma general del deber?

Al estudiar las leyes éticas de diferentes países, observamos que no puede haber una norma universal objetiva; pero sí hay un principio subjetivo que respalda los códigos morales de todas las naciones.

El aspecto externo del deber varía de acuerdo con nuestra posición en la vida y nunca puede ser definido por una serie de reglas fijas. Lo que puede ser un deber en una situación determinada puede no serlo bajo otras circunstancias.
Todo deber objetivo está determinado por la relación del hombre con su medio ambiente externo y necesariamente le concierne únicamente al hombre mismo y a su carácter.
No tiene relación con su acción sino con su motivo; con un principio y no con su aplicación. Por lo tanto debe ser una ley abstracta común a toda la humanidad. Resumiendo, “Aquello que hace olvidar a un hombre su propio pequeño yo por el bien de los demás y lo conduce hacia su Ideal, es su más elevado deber.”

No es posible, sin embargo, alcanzar este ideal abstracto subjetivo sin seguir primeramente el sendero de los deberes externos inmediatos. Debemos comenzar por cumplir las obligaciones que están más próximas a nosotros. Primero debemos cumplir con nuestro deber hacia la familia, la comunidad, el propio país; luego a medida que nuestro corazón se expande en comprensión y simpatía nos volvemos gradualmente aptos para hacer nuestra parte de bien a todos los seres vivientes.
Pero no podemos realizar este gran ideal y emprender las tareas más importantes de la vida hasta no haber demostrado nuestra capacidad para realizar hábilmente las pequeñas que tenemos a mano. Y por más insignificantes o desagradables que éstas puedan parecer, son las únicas designadas para cada uno de nosotros. 
Dice el Bhagavad Guita: “Es mejor cumplir el propio deber aunque desprovisto de mérito que el deber de otro bien realizado. Es mejor morir siguiendo nuestro propio deber; el deber de otros está lleno de peligros.” 
¿Por qué? Porque nada puede ser logrado emprendiendo el deber ajeno.

No debemos olvidar que el propósito de la vida es evolución. Todas las condiciones y obligaciones del presente son el resultado de nuestras propias acciones pasadas; y solamente cuando las enfrentamos con inteligencia podemos alcanzar condiciones superiores y confiársenos mayores responsabilidades.

En nuestra actual posición debemos demostrar ser merecedores y entonces cosas más importantes nos serán encomendadas.
Podemos imaginar que haríamos mejor otra tarea que no es la nuestra, pero llegado el momento descubriríamos que no estamos capacitados para ello.

En las etapas preliminares del desarrollo espiritual debemos seguir fielmente el sendero del deber prescripto por nuestra vida y condiciones; luego nuestra naturaleza se expandirá en tal medida que todo sentimiento de obligación y apremio dejará de existir y toda tarea nos parecerá un privilegio. 
Cuando en todos nuestros trabajos actuemos por amor y no por un sentido de obligación, el deber se transforma en servicio y lo realizamos espontáneamente por la dicha que hallamos en hacerlo. A menudo el sentido del deber entraña limitación porque surge de un sentido de obligación; pero en el servicio damos libremente. Aquí no hay cálculo ni el menor pensamiento de coerción.

El espíritu de verdadero servicio, sin embargo, no surge en el corazón desprovisto de abnegación y desapego. Si queremos hacer algo por los demás debemos estar dispuestos a olvidar nuestro pequeño yo, nuestra comodidad física, nuestra felicidad personal. Sólo cuando nuestras acciones no se basan en sus resultados sino en el principio del trabajo y en el amor, aprendemos realmente a ayudar a otros.

Un meritorio amante de la humanidad es como una flor que da su perfume sea que la coloquemos sobre nuestra cabeza o le pongamos el pie encima. Su naturaleza es dar sin ninguna consideración por su ganancia o pérdida personal.

El secreto de la verdadera actividad
Swami Paramananda

Swami Vivekananda

"Yo soy el alma de Budha,  de Jesús, de Mahoma. Yo soy el alma de los maestros,  y soy todos los  ladrones que robaron ...